Portada de un libro antiguo titulado "Drácula" de Bram Stoker, mostrando una ilustración de una figura con capa oscura y cabello blanco que parece estar escalando o descendiendo por la pared de un castillo, con una torre almenada al fondo bajo un cielo nocturno. En la parte superior e inferior de la portada se indican los precios "1/6 Net".

Hace una semana terminé de leer, por fin, Drácula de Bram Stoker, la novela epistolar del siglo XIX escrita por un señor irlandés amante de la literatura gótica de terror, publicada en 1897.

No hace falta decir que he leído el libro después de ver la película unas 50 veces a lo largo de mi vida. Me refiero a Drácula de Bram Stoker, de Francis Ford Coppolauna obra maestra que nos permite disfrutar de la oscuridad y la belleza de esta historia gracias a la visión del director, al elegir una estética que representa lo más fielmente posible la novela original.

La novela, publicada a finales del siglo XIX, nos sumerge en una época donde el horror y la desgracia formaban parte del día a día, como también reflejan otras obras literarias de la época. Transcurre entre Transilvania, Rumanía y Londres, y está escrita con un lenguaje romántico, pasional y oscuro, rozando en ocasiones lo poético. Además, la historia se construye a través de cartas entre los personajes protagonistas, que narran sus vivencias y el transcurso de la búsqueda de Drácula.

A mí me ha gustado mucho. Quizá porque estamos tan acostumbrados al personaje de Drácula en formas y personalidades tan distintas —con diferentes aspectos, estilos de vida y épocas— que, cuando vuelves al comienzo de la historia, entiendes por qué ha atrapado a tantos lectores durante tantos años.

La historia comienza con el viaje de Jonathan Harker a Transilvania para encontrarse con Drácula por motivos de trabajo. Más tarde, Jonathan nos cuenta su experiencia mediante cartas dirigidas a Mina, su prometida y protagonista de los deseos del conde. Desde mi punto de vista, la forma en que se describen las ubicaciones, siempre desde una mirada oscura y siniestra, recrea de forma increíble la esencia del terror gótico del siglo XIX.

También se percibe, en su escritura, un erotismo latente en las escenas donde aparece Drácula, como esa imagen desde la ventana del dormitorio, observando a la joven Lucy, deseando chuparle la sangre, mientras ella gime y espera al conde con ansiedad.

Toda la lectura ha sido un deleite: una obra maestra de la literatura que, aun habiendo sido reescrita cientos de veces, y a pesar de la imagen que conservamos del personaje, sigue impactando. Nos recuerda el romanticismo, ya sea al abordar vivencias oscuras y hechos tenebrosos, o al contarnos historias de amor. Drácula sigue siendo un pilar fundamental para una historia con alma.