Los siguientes días pasaron de forma habitual, no hubo ningún altercado que desestabilizara a la muchacha, aunque no dejaba de pensar en el maldito recuerdo que la acechaba de vez en cuando, en algún momento del día, cuando no se lo esperaba.
Era lunes por la tarde. Como de costumbre, la muchacha se había levantado de una larga siesta que no perdonaba casi ningún día de la semana, exceptuando los días que trabajaba como limpiadora en una empresa ubicada en el barrio al que pertenecía, llamado Albayzín. Se dispuso a levantarse del sofá lentamente y a servirse un vaso de leche con chocolate para recuperarse del aturdimiento que le dejaba el profundo descanso diurno.
No pasaron ni quince minutos desde que abrió los ojos cuando se extrañó al ver encendida la luz de sal en la esquina del área de la cocina, que podía apreciarse perfectamente desde la perspectiva del sofá, en el otro ala del salón. Ella la recordaba apagada; creía haber dejado solo las pequeñas luces que se encienden cuando detectan la oscuridad y que son interruptores que se enganchan directamente al enchufe. Esto también le servía para explicar el motivo por el que decidió, y lo hacía normalmente, apagar la luz de sal y la perteneciente al extractor de la cocina. Lo hacía para poder crear un ambiente tranquilo y relajarse, cerrando los postigos de la habitación que dejaban entrar la intensa luz nubosa y gris que hacía desde hacía algunos días.
¡Qué extraña sensación la de notar que ha habido algún movimiento o acción en tu hogar que no has hecho tú! Que sabes con certeza que no lo hiciste y resulta confuso, pues te hace preguntarte si realmente no estás mal de la cabeza o si simplemente olvidaste llevar a cabo esa acción. La muchacha, en este caso, estaba segura de que había apagado la luz, porque era un acto que hacía normalmente, y se conocía como para saber que no le gustaba dormir la siesta con luces fuertes alrededor. Era parte de su personalidad; su cerebro no podría haber dejado la luz encendida. Se acercó a la lámpara mientras recuperaba la noción de la realidad y se centraba en la hora que era, sobre las 20:00 de la tarde de un nublado y caluroso día de verano. Lo hizo para analizar la situación tontamente, como hacen los detectives, buscando una pista o un detalle que le diera una respuesta. El botón del interruptor parecía un poco sucio, pero este detalle no despertaba interés en ella, pues seguramente le había dado al botón después de haber estado tocando la tierra de las macetas para comprobar si estaba húmeda y echarles agua o no, pues parecía barro, diminutas manchas marrones entremezcladas con agua, solidificadas en el plástico que envuelve el interruptor.
Qué extraño le pareció aquello, estaba empezando a cuestionarse si todo estaba bien, si se estaba volviendo loca o si de verdad algo extraño estaba pasando.
Tampoco le dio más importancia que el momento de crisis que tuvo al levantarse y ver la situación, pero tenía que terminar el cuadro e ir abajo a comprar tabaco y sobres de infusión de hinojo con jengibre y limón, que le ayudaba a estabilizarse y limpiar su estómago. Aprovechó para saludar a su madre, que vivía en el primer piso, y fumarse un cigarro con ella aprovechando para contarle lo extraño de lo que había pasado. También quiso comentarle el sueño que había tenido tres días atrás y cuán perturbador había sido. Tampoco sabía por qué le contaba ambas vivencias una detrás de otra, como si estuvieran ligadas o, inconscientemente, quisiera encontrar una unión entre ambas situaciones. Alguna razón se despertaba en su interior que le hacía pensar que este detalle estaba ligado a aquel día que se levantó empapada en el sofá.