La muchacha pintaba el muslo de la mujer en un lienzo redondo, apoyado en el caballete. Era un desnudo donde se apreciaban el pecho y los insinuantes muslos de una mujer que no podemos reconocer, pues no tiene cabeza. La luz de sal, con su anaranjado color, y una lámpara blanca apoyada en el suelo justo debajo del caballete, ayudaban a la muchacha a pintar con claridad. En la zona izquierda también tenía encendida una minúscula luz que provenía del extractor de la cocina, ya que la vivienda concentraba el salón y la cocina en una misma habitación, con una aceptable proporción que mantenía la calidez y el espacio que un hogar merece.
La pintura que dibujaba, con pinceles mojados en óleo y aguarrás, tenía un fuerte olor que se dejaba sentir en la sala, pero era interrumpido por el sabroso aroma de la carne en salsa que había preparado hace un rato y que se disponía a servir en un plato para luego comer. Todo esto ocurría bajo la luz de la luna, pues en pleno agosto el sol se esconde más tarde. Eran las diez y diez de la noche, y hacía apenas quince minutos que había desaparecido para darle la bienvenida a la luna.
La puerta del salón, que se encontraba en medio de la habitación (quedando el salón a un lado y la cocina al otro), estaba abierta y, desde el interior, se apreciaban las numerosas plantas que se hallaban en el pasillo central de la corrala, junto a la barandilla y las ventanas del zócalo interior que bajaban hasta la primera planta.
En la televisión se proyectaba «El barco fantasma», una película de terror que previamente había descargado en un USB para verla cuantas veces quisiera. Más tarde vería «Identity».
De repente, mientras estaba sentada terminando el plato de carne con salsa de almendras, acompañado de patatas fritas y, cómo no, pan, movió el plato hacia un lado y la fotografía que colgaba en la pared, justo a la derecha del caballete, y que usaba como referencia para la pintura, cayó al suelo con fuerza. Esto, sumado a la tensión que evocaba la película, hizo que la muchacha se asustara repentinamente, con ese tipo de sobresalto que te hace dudar si alguien ha entrado a visitarte de forma fugaz.
No pasaron ni diez segundos y, cuando apartó la vista de la televisión (que se encontraba a espaldas de la puerta de entrada, que había dejado abierta para dejar entrar el fresco), se escucharon unas pequeñas pisadas abajo. El patio interior de la corrala suele estar a oscuras por la noche, y es muy difícil ver qué está pasando. Tienes que encender una luz temporal que se apaga cada diez segundos y tienes que volver a pulsar.
La muchacha se quedó estática en la silla. No sabía si salir corriendo o quedarse para esperar lo peor. Rápidamente se dio cuenta de que estaba siendo poseída por el miedo de la situación y se levantó de la silla para apresurarse a la entrada, pulsar el interruptor de la luz y mirar hacia abajo apoyada en la barandilla.
Alcanzó a ver la parte central, donde normalmente se aprecian las escaleras en los bordes y un agujero en medio que, en el caso de esta vivienda, tenía un pozo acristalado de algún siglo anterior. Se fijó en que, justo en el borde donde perdía la visión y el centro de la corrala, pudo ver las puntas de unas botas marrones oscuras y, seguido, a mitad de las escaleras de la sección de la planta baja y la primera, a una mujer de unos cincuenta años que subía hacia arriba llorando desconsolada y a gran velocidad. No pudo verle la cara, por no decir apenas un detalle más allá de una sombra negra que subía escaleras arriba sin pensarlo.
Giró hacia la derecha, casi chocando con la palmera gigante que tenía en la entrada, y se apresuró a cerrar la puerta con fuerza. Su cerebro no procesaba qué estaba pasando mientras escuchaba los lamentos cada vez más cerca de la puerta. Cogió la llave rápidamente, que había dejado en el bolso, y que además estaba en el dormitorio. Cuando quiso volver para echar el cerrojo, ya estaban en la puerta. Empujó con fuerza, aunque la mujer no parecía empujar para forzar la puerta, más bien la azotaba sin descanso con lo que parecían ser unas palmas abiertas que demostraban desesperación. Mientras tanto, introdujo la llave para echar el cerrojo con los ojos cerrados y rezando para que quienquiera que nos cuida desde arriba le ayudara a que terminara el terror que estaba viviendo.
Abrió los ojos… Estaba boca abajo, posada del lado derecho del sofá y la pierna izquierda ligeramente doblada. Se encontraba sudando y el sofá estaba empapado de sudor. También había una gran mancha alrededor de la parte inferior, justo en la vagina, que parecía sangre. Había tenido una pesadilla, seguramente debido a la «revolución» que había experimentado las horas previas cuando la imagen de la pared se cayó al suelo, porque de eso sí que estaba segura. Después de relajarse en el sofá, se quedó dormida. Quizás fue porque, después de la cena que se hizo y de tirarse un rato a reposar la comida, y habiendo quedado frita, habría tenido la horrorosa pesadilla que tuvo.
Se levantó, fue directa a la ducha para limpiar todo aquello que había desprendido en esas horas de sueño en el sofá y luego fue directa a la cama. Eran las cuatro y media de la mañana y estaba muy cansada. Al día siguiente tiró el sofá directamente a la basura y aprovechó para comprar uno nuevo que hacía tiempo estaba pensando en hacer. Quizá la cuestión de todo era tirar el sofá incómodo que tenía por años y comprar de una maldita vez uno nuevo y cómodo. Por eso se quedó dormida, por eso, debido a la pesadilla, sudó y sangró de aquella forma. Pero, ¿por qué concretamente una pesadilla de ese estilo, tan agobiante, que apenas te deja resistirte a lo que pase por el miedo que experimentas?
Lo dejó pasar y pensó que podría ser otro recuerdo referente a su miedo a que entren por la noche en su casa.